martes, 11 de junio de 2013

El fútbol es el opio de los pueblos

En el siglo XIX, Karl Marx proclamó con una frase la nefasta influencia adormecedora que producían las iglesias sobre la conciencia de los trabajadores: “La religión es el opio del pueblo”. La fe religiosa actuaba, en una época de elevada explotación de masas obreras, como una droga que mantenía a la población sedada y distraída.

Hoy, en 2013, el multidisciplinario alemán, tal vez, tuviese que modificar el sujeto de su oración: “El fútbol es el opio del pueblo”, puesto que, si viajase a través del tiempo y conociese las repercusiones del fútbol en la población mundial, quedaría atónito al ver cómo millones de personas se olvidan de sus miserias ocultándose detrás de símbolos y banderas de clubes de fútbol, que en nuestro país fingen ser sociedades civiles sin fines de lucro, aunque, en la práctica se asemejan a sociedades anónimas deportivas, es decir, empresas particulares con ánimo de lucro.





El fenómeno del fútbol es impresionante, escapa a cualquier razonamiento lógico. Es muy complejo analizar cuáles son las motivaciones que llevan a las personas a sentir, en lo profundo de su ser, tanto amor por un club. Pero lo cierto es que la pasión existe, y es transmitida a lo largo de innumerables generaciones; desde que a uno le ponen una camiseta y/o pelota bajo el pie, le narran historias, hazañas logradas por el club, en fin, recuerdos que hacen sentir vivo el pasado.

No cabe ninguna duda que, para la mayoría de las personas, el fútbol es uno de los deportes más bellos para observar y practicar. Es muy simple de jugar, no se necesita más que una pelota, y si esta falta, una botella de plástico o un bollito de papel, la reemplaza. La pelota es la excusa para compartir un momento ameno con amigos, para que el corazón acelere sus latidos y deje florecer sentimientos puros, adrenalina y emoción. Simplemente es cuestión de divertirse, abstraerse en otra dimensión, salir de la realidad y dejar a la mente flotando en un mundo paralelo donde los problemas se olvidan.

Pero la vida no puede transcurrir en el mundo de la pelota ¿O acaso esta alimenta, arropa y otorga vivienda? Ninguna de estas necesidades básicas es cubierta por mirar un partido de futbol o patear una pelota. Luego del escape efímero que otorga el fútbol, cada cual regresa a su vida cotidiana. Los problemas dicen presente, y hay que resolverlos, porque el pan no llega solo a la mesa. Sin embargo, es necesario poder apoyarse en algo, gambetear los obstáculos que nos pone el sistema, en síntesis, festejar para sobrevivir a tanto palo en la rueda. Cada cual tendrá su método apropiado, y sobre ello no cabe discusión, porque la posibilidad de sonreír y abrazar al celebrar un gol es única, y de ningún modo puede ser negada.

No obstante, la dificultad se presenta cuando el fútbol lo acapara todo, es decir se convierte en droga, generando en sus aficionados dependencia psicológica y física. Este reduccionismo fanático hacia fútbol trae graves consecuencias, ya que desvía la atención de los problemas económicos, sociales y políticos que padece cada individuo en particular y la sociedad en su conjunto. Pero qué mejor que mantener a la población distraída para gobernar, la clase dirigente parece haber encontrado la píldora perfecta para que sus súbditos sueñen dulcemente con el esparcimiento que se les ofrece.

Un ejemplo claro y conciso de cómo el fútbol sirve de herramienta para los gobernantes fue el Mundial de 1978 - que costó más de 500 millones de dólares - desarrollado en este país, durante la dictadura cívico - militar, donde Argentina se consagró campeón, venciendo a Holanda por 3 a 1. El circo del fútbol sirvió de pantalla a las sistemáticas atrocidades cometidas por los represores. La gente consumió el entretenimiento sin objeción, llenó los estadios, salió a las calles a festejar cada triunfo y, obviamente, el título obtenido. Aunque, a sólo 10 cuadras del Monumental - estadio de River Plate y sitio de la vuelta olímpica - funcionaba la ESMA (mayor centro de torturas de la dictadura) y como si fuera poco, en el cercano Río de La Plata, se arrojaban los presos políticos durante los famosos vuelos de la muerte. Hace unos años, Osvaldo Ardiles - jugador de Argentina campeona del mundial - reconoció: “Duele saber que fuimos un elemento de distracción para el pueblo mientras se cometían atrocidades.” Esta política de entretenimiento no es novedosa ni exepcional, ya en Roma, los césares aplicaban el conocido “Pan y Circo”, aunque, con una diferencia significativa, en aquella época se debía procurar el pan para tranquilizar al pueblo, actualmente parece que simplemente alcanza con el circo.

César Luis Menotti, en una entrevista con el diario “El País”, dijo: “El fútbol se lo robaron a la gente, ya no les pertenece.” Es decir, el fútbol, en el mundo globalizado y adoctrinado por el capitalismo, es un negocio más, no un deporte placentero. Ejemplo de ello, son los famosos grupos inversores, que compran y venden personas (jugadores) a valores exorbitantes, apropiándose de casi todo el dinero. Al club, bien gracias, el dinero no le pertenece. Sin embargo, la gente sigue reventando los estadios de fútbol, haciendo locuras para pagar una entrada y arriesgando la vida ante la violencia de las barras bravas. La pasión no conoce límites, gobernantes, dirigentes, empresarios y medios de comunicación, lo saben. Por ello, tomarán todas las medidas necesarias para exprimir por completo al fútbol, quitarle todo su jugo, y de este modo, rebalsar sus bolsillos de dinero. Aumentará la cuota social y las entradas, se montará una novela mexicana por cada “conflicto” que suceda, y el estado de cosas se mantendrá igual.

¿Dónde quedaron los clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos? ¿Por qué los clubes de fútbol dejaron de lado su finalidad social, como también el desarrollo de deportes no rentables? El capitalismo, donde todo se compra y vende, tendrá la respuesta. La lógica de la ganancia no perdona, las actividades deben generar lucro, de lo contrario son desechables.

El fútbol une, pero también divide. Agrupa amigos y desconocidos. En la cancha del barrio, los pibxs comparten pases, la “coca” después del partido, y amistades que se gestan por la pelota. En los estadios, los hinchas de un mismo club, comparten cánticos, gritos, besos y abrazos de gol, y por sobre todo, el sentimiento por los colores.

La energía positiva que se genera entre los hinchas de un mismo club, tiene su lado oscuro, ya que potencia la rivalidad hacia los hinchas de otros clubes. En los estadios se percibe, como el fútbol fragmenta, separando por colores a la clase trabajadora, que a la hora de descargar su bronca no repara, y deja fluir insultos que dañan cualquier espíritu. ¿Dónde podemos hallar el motor de la fragmentación? ¿El deporte fútbol tiene la culpa, o somos víctimas de una bagaje cultural que nos inculca valores individualistas y competitivos?


Como dijo el mejor y más grande futbolista hasta ahora conocido “El fútbol es el deporte más lindo y más sano del mundo”, a lo que lo luego remató con una frase sumamente gráfica e inolvidable para la memoria de cualquier persona que siente el fútbol en lo profundo de sus entrañas: “LA PELOTA NO SE MANCHA.” El deporte no tienen la culpa, opera como títere. Los que tiñen la pelota de sangre son sus manipuladores, encargados de dirigir su rumbo según sus conveniencias. Hay que luchar por un fútbol sano y digno, dónde la consigna sea compartir y disfrutar de una actividad leal al aire libre. Claro está que el fútbol no es burbuja ajena al sistema en que vivímos, sino que, muy por el contrario, es una viva expresión de las relaciones sociales que se entablan en el marco de una sociedad sin valores solidarios, donde impera la competencia y la lógica del mercado. Por ello, para cambiar el fútbol es necesario cambiar la sociedad de la cual formamos parte.      

Por Anton Morosi

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